Las hijas de la violencia de género también son víctimas

Cuando hablamos de violencia de género, casi siempre pensamos en la mujer. Es lógico: ella es quien recibe los golpes, las amenazas, la humillación. Pero en muchos hogares donde hay violencia machista también hay niños y niñas que lo viven todo desde dentro. Y no como espectadores.

Los menores que crecen en un entorno de maltrato no son testigos. Son víctimas directas, a menudo más vulnerables que sus propias madres, porque carecen de herramientas para entender lo que ocurre y no tienen capacidad de decisión sobre su situación.

Esto es algo que en la consulta de Pilar López, psicóloga sanitaria en Zaragoza, se trabaja desde hace más de veinticinco años. Y es también lo que motivó una conversación que tuvo lugar el pasado 6 de marzo en La Rebotica, el espacio de actualidad aragonesa de Radio Zaragoza (Cadena SER), conducido por la periodista Eva Pérez Sorribes.

Una conversación necesaria en La Rebotica de Radio Zaragoza

En la previa del 8 de marzo, La Rebotica dedicó su programa a dar voz a las supervivientes de violencia machista y, también, a quienes suelen quedarse fuera del relato: sus hijos e hijas.

En el programa participaron Concha Cases, superviviente de treinta y ocho años de maltrato, y su hija Silvia Laguna, que compartieron su testimonio con una honestidad que merece ser escuchada. También estuvieron presentes Natalia Morlans y Tere, de la asociación Somos Más Supervivientes, la única asociación de este tipo en Aragón, que acompaña a mujeres y familias en proceso de salida de la violencia.

Pilar López intervino como profesional para aportar la perspectiva clínica: cómo llegan estos menores a consulta, qué señales presentan y cómo se trabaja con ellos.

Qué les ocurre a las hijas que crecen con violencia en casa

Los menores que conviven con la violencia aprenden por observación. Su forma de entender las relaciones, la comunicación y la gestión del conflicto se construye sobre lo que ven en casa. Y lo que ven es que la forma de relacionarse entre sus dos figuras de referencia se basa en la agresión y la humillación.

Esto no es algo que ocurra a distancia. Los niños y niñas lo viven con el cuerpo: con ansiedad, con dificultades de concentración, con una desorientación profunda porque saben que algo va mal pero no disponen de las herramientas para nombrarlo.

En la práctica clínica, lo más habitual es encontrar menores con cuadros de ansiedad, depresión, dificultades para identificar y expresar emociones y una sensación constante de no saber qué está pasando. Muchos de ellos comparan su entorno con el de sus compañeros de colegio y perciben la diferencia, pero no consiguen explicarla.

Cómo se aborda el trabajo terapéutico con estos menores

Cuando un niño o una niña llega a consulta en estas circunstancias, lo primero no es preguntar qué ha pasado. Lo primero es generar un espacio seguro.

En lugar de hablar directamente de la violencia, el punto de partida es preguntarles qué les gusta, cuáles son sus sueños, qué les hace sentir bien. Crear un vínculo de confianza antes de entrar en lo que duele. Más adelante, cuando ese espacio está construido, se puede trabajar lo que han vivido. Pero nunca antes de tiempo.

El proceso terapéutico con menores expuestos a violencia de género requiere una mirada específica. En muchos casos, la terapia EMDR resulta especialmente útil para procesar las experiencias traumáticas que estos niños y niñas llevan acumuladas, ayudándoles a integrar lo vivido sin que siga condicionando su día a día.

Las secuelas en la vida adulta: patrones que se repiten y patrones que se rompen

Una de las preguntas que surgió en el programa fue precisamente esta: ¿qué pasa cuando esos niños crecen? ¿Repiten lo que vivieron?

La respuesta no es única. Hay personas que, sin haber recibido acompañamiento psicológico en su momento, acaban reproduciendo los patrones relacionales que observaron en la infancia: dificultad para confiar, hipervigilancia emocional o un apego ansioso que condiciona cada relación. Pero también existe otro perfil: el de quien ha hecho un trabajo personal —con o sin terapia— partiendo de lo que tiene claro que no quiere repetir.

Lo que marca la diferencia, en la mayoría de los casos, es haber tenido acceso a la atención necesaria en el momento adecuado. Y eso depende de recursos, de información y de un entorno que no mire hacia otro lado.

Nombrar para que exista

Como dijo Eva Pérez Sorribes al cerrar el programa: las cosas que no se nombran no existen. Y los hijos e hijas de la violencia de género han sido durante demasiado tiempo una realidad sin nombre.

Darles voz —en los medios, en la escuela, en los juzgados y en la consulta— no es solo una cuestión de sensibilidad. Es una cuestión de protección. Porque un menor que crece en un hogar donde hay violencia necesita que alguien le diga que lo que ocurre no es normal, que no es culpa suya y que hay ayuda.

Desde la perspectiva de la psicología jurídica, estos menores también necesitan protección en los procesos legales: informes periciales que recojan el impacto real de la violencia en su desarrollo, y resoluciones judiciales que tengan en cuenta que un maltratador no es un buen padre. Es algo que las familias, las asociaciones y los profesionales llevan años reclamando. Si quieres conocer la trayectoria profesional de Pilar y su doble formación como psicóloga y abogada, puedes hacerlo desde su página.

Escucha la entrevista completa

Puedes escuchar la conversación íntegra en el podcast de La Rebotica de Radio Zaragoza (Cadena SER), con Eva Pérez Sorribes:

Escuchar el programa completo en Cadena SER

Si tus hijos o tú habéis vivido una situación de violencia y sentís que necesitáis apoyo profesional, el primer paso es hablar con alguien que entienda por lo que estáis pasando. Sin presión, sin formularios interminables. Una primera conversación para ver cómo puedo ayudaros.

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